La amistad de Gabriel Miró y Óscar Esplá

domingo, 15 de junio de 2008

Óscar Esplá, Gabriel Miró y Carlos Arniches. Dibujo de Chauza.

La base cultural del Barrio de Benalúa estuvo auspiciada por el Ateneo Senabrino, entre cuyas paredes se vivieron históricas tertulias y debates. En nuestro barrio se fomentó un ambiente apasionado por el arte, la literatura, la música... y los más brillantes alicantinos del momento se conocieron y convivieron aquí.
Una apasionante relación fue la que mantuvieron dos grandes amigos: Gabriel Miró y Óscar Esplá, que vivían separados apenas unos metros uno del otro.

Imagen que muestra la proximidad de las casas de Gabriel Miró y Óscar Esplá, así como la localización de puntos neurálgicos de la cultura: el Templete de música, el Casino, el Salón Granados... y entre ambas, en una localización todavía desconocida, estaba el Ateneo Senabrino.

Gabriel Miró fue, desde su infancia, un gran aficionado a la lectura y a la música, y ambas disciplinas contribuyeron a su formación cultural y artística. Esa inclinación por la música le llevaría a incluir en sus escritos nombres de compositores, títulos de partituras, instrumentos musicales, convertir a alguno de sus personajes en músico, e incluso su prosa está plagada de recursos y motivos sonoros. Esta inclinación por la música le llevaría a buscar la amistad de intérpretes y compositores, aunque la relación más significativa sería la mantenida con el también alicantino Oscar Esplá.

El mismo año en que Gabriel Miró recibía el premio de "El Cuento Semanal" por la novela Nómada, su amigo el compositor Óscar Esplá publicaba el Scherzo para piano. La aparición de esta primera partitura editada (aunque no la primera compuesta) de Esplá provocó gran revuelo incluyendo discusiones en la prensa de la época. Ante la expectación provocada por el Scherzo, Miró quiso conocerlo (no sólo por curiosidad de amigo sino porque tenía cultura musical a diferencia de la mayoría de escritores españoles del momento), y acudió a la casa de Esplá para escuchar el Scherzo para piano.

Ese día el compositor le contó al escritor el deseo de escribir una obra para gran orquesta, quizá, pensaba él, un poema sinfónico que era la forma de moda en la época; y como todo poema sinfónico necesita de un argumento en el que basarse, Esplá pidió a Miró que se lo proporcionase. Esplá quería un "asunto poético y apartado del costumbrismo pintoresco del que ya se abusaba en el sinfonismo español".
A los pocos días Miró le entregó un poemita corto, inspirado en la mitología griega, "ingenuo, pero con los rasgos del estilo mironiano". Era El sueño de Eros, y sobre este texto, escrito poco antes que Las cerezas del cementerio (terminado en la primavera de 1910) Esplá escribió su primera composición para orquesta que permanecería guardada hasta que, tras recibir el premio de Viena, sería estrenada primero en Munich y después, con el texto transformado y ampliado por Miró (como era su costumbre), en Madrid.

Está totalmente documentada a través de cartas y escritos, propios y ajenos, la profunda amistad y admiración mutua que se profesaron los alicantinos Oscar Esplá y Gabriel Miró, a pesar de la diferencia de edad y condición artística. Esplá era más joven que Miró, por eso siempre le llamó su "hermano mayor", "hermano espiritual", "hermano-amigo", porque Miró se comportó como un hermano con Esplá aconsejándole cuando fue necesario, pero también fue un verdadero amigo prestándole su apoyo incondicional antes de alcanzar la fama, cuando aún no era conocido por nadie, y después de saborear el éxito.

Oscar Esplá y Gabriel Miró se vieron por vez primera en casa del prestigioso abogado de Alicante don José García Soler. Este hombre, poseedor de una gran cultura y apasionado de la música (tocaba el piano), vivía en la plaza de Isabel II (que hoy se llama de Gabriel Miró). En la parte superior de su casa tenía un amplio estudio, con dos pianos, diversos instrumentos, y una surtida biblioteca musical. En este estudio se reunían amigos músicos, profesionales y aficionados, se celebraban conciertos y tertulias a las que asistían Miró y Esplá, aunque nunca habían coincidido hasta el día en que tuvo lugar el concierto de un famoso Cuarteto Francés.

Esplá era un joven estudiante de Ingeniería y Filosofía, mientras que Miró, siete años mayor, ya había encauzado su carrera literaria. Miró se acercó a Esplá, al que sólo conocía de vista y de haber asistido a algún concierto suyo en el Ateneo Senabrino (sin que Esplá lo supiera jamás), y casi le ordenó que se dedicara por entero a la música. Esplá siguió sus estudios en Barcelona, aunque, por supuesto, sin dejar la música.
Esplá en su Evocación de Gabriel Miró narra la siguiente anécdota acontecida tras ese primer encuentro en el estudio del abogado García Soler:
Nuestras primeras conversaciones fueron un poco cautelosas. Y a fuerza de querer mostrarnos cada uno digno del otro, nuestros diálogos se atusaban de inútiles galas culturales. Nos pasamos toda una noche en Elche, a donde fuimos de excursión, invitados por el ingeniero Lafarga, discutiendo las doctrinas de Hegel; hasta que ya de madrugada, despuntando el alba, se me ocurrió preguntarle:
- Pero, ¿usted ha leído a Hegel?
Y con una llaneza displicente que me dejó absorto, me contestó:
- Yo, no, ¿para qué?
Tenía razón; le bastaban mis insinuaciones hegelianas para darse cuenta de su alcance y apoyarlas o rebatirlas, pues no conservo memoria de quién de los dos hablaba a favor y quién en contra de Hegel. Lo que sí recuerdo es haberle aclarado, en seguida, que a mí todo aquello no me importaba un ardite y me salía por una friolera. Nos dimos un abrazo, nos fuimos a dormir, y, al día siguiente, empezamos a tutearnos.
Este pasaje es interesante porque en él vemos a un Esplá joven, un músico que a diferencia de la gran mayoría de músicos es un hombre poseedor de una vasta cultura que abarcaba todos los ámbitos (ciencias y letras). Es rara la existencia de músicos con tales características, y tal vez Esplá quería demostrar a Miró, con el que aún no tenía excesiva confianza, que no era como la generalidad de artistas de su condición, es decir, un ignorante que sólo se ocupaba de la técnica musical. Pero Miró ya admiraba al compositor, preveía su prometedor futuro y no necesitaba ningún tipo de prueba que le demostrase nada: su música y sus escritos lo decían todo.

Dentro del entorno artístico-literario que protagonizó nuestro querido maestro Óscar Esplá, con el refinamiento que en Alicante era innato en ese ambiente de ensoñación y poesía, no podemos omitir a la figura de Gabriel Miró, ese "gran orfebre de la palabra", descriptor del paisaje y la tipología alicantina por medio de su austera y espiritual vena literaria que irradió a su mejor amigo -"ese amigo-hermano que tanto me quiso", en palabras del propio Esplá-, quien supo aceptar la estética mironiana en su pensar creativo. Así la define él mismo:
"Prosa señera, hecha de inquietudes eternas y de humos dormidos (como metáfora a su obra de homónimo título) sobre le inmenso paisaje levantino. Almendros y olivos con alma, entre las cumbres y el mar. Acorde íntimo de poesía, de pasión y de musicalidad. Eso, y no un simple estilo de elenguaje es la obra de Gabriel Miró".
En 1919 Miró dedicaría a Esplá una de sus obras más autobiográficas El humo dormido, obra en la que podemos leer pasajes que confirman la predilección del escritor por la música. Su amigo Óscar escribiría un prólogo titulado Gabriel Miró. Impresiones sobre el artista y su obra, en el que, al margen de las muestras de respeto, admiración y cariño, también encontramos un profundo análisis de la prosa y el estilo del escritor.

La amistad entre estos dos alicantinos ilustres duró toda la vida de Miró, puesto que Esplá viviría muchos años más que su “hermano-amigo”.

Continúa:
La amistad de Gabriel Miró y Óscar Esplá II

Fuentes:
Artículo de Rosa Elia Castelló Gómara, en la revista Auca, número 9, monográfico de Gabriel Miró.
Revista Festa 1998

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